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Entrevista con Filiberto Vázquez Dávila
Inventor de huella indeleble

por Aída Alejandra Ojeda Solís

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Químico, inventor, profesor y visionario son términos que definen a Filiberto Vázquez Dávila (MQA'74), ganador del Premio Nacional de Ciencia 2001, en la rama de Tecnología y Diseño.

Para este químico mexicano, creador de la tinta indeleble usada -desde 1994- en las elecciones de México, Honduras, Nicaragua y otros países de América Latina, la Química no puede vivir sin la industria ni ésta sin aquélla. Deben trabajar en equipo, a fin de que ambas obtengan el mayor provecho. "Un químico debe tocar las puertas de las empresas y proponer negocios en su área. Al hacerlo, gana él y gana la empresa", dice convencido.

Vázquez Dávila ha dedicado más de 30 años de su vida al desarrollo de avances tecnológicos en la Química, a impartir clases y a promover sus inventos en los ámbitos industriales y de gobierno. Y ya sea como inventor, profesor u hombre de empresa, ha dejado a su paso una huella indeleble.
Vocación de toda una vida

De Atemajac de Brizuela, Jalisco, Filiberto Vázquez sintió atracción hacia la Química desde niño. Observaba los colores en la naturaleza, se preguntaba de qué estaba hecha, por qué las plantas eran de tal o cual color. "Siempre me interesó averiguar la química de las cosas", relata. En la capital del país, cursó estudios superiores. "Me inicié en la docencia antes de terminar mi carrera, en 1967", recuerda.

No ha parado desde entonces. Con una beca otorgada por el Consejo Nacional de Ciencia y Tecnología, Vázquez Dávila partió a Monterrey para estudiar la Maestría en Química Analítica, en el Tec. Durante el posgrado, fue invitado por sus mismos profesores a impartir clases a estudiantes de la carrera. "Recuerdo muy bien a Jorge Alejandro Domínguez Sepúlveda; él fue mi maestro y un científico que sentó las bases de la Química en Monterrey. Cómo olvidar a mi director de tesis, Javier Rivas Ramos (DQ'93), a Raúl Franco Olvera (MQ'66, DQ'73) y a Manuel Urquiza, maestros que dejaron huella en mí y a quienes debo gran parte de mi formación como docente y como químico", reconoce.

Seguramente lo mismo dirán de él los cientos de jóvenes que han pasado por sus clases desde hace más de 30 años. Su periodo como profesor en el Tec de Monterrey sólo ha sido un fragmento de una larga trayectoria docente, la mayor parte del tiempo en el Instituto Politécnico Nacional, que lo ha premiado en varias ocasiones por su labor como químico y como profesor.

Vázquez Dávila dice haber tomado gusto por la docencia, a tal grado que la considera una afición, una emancipación personal. "Cuando imparto clases, me relajo y dejo atrás las preocupaciones de producción o de algún proyecto industrial que esté en desarrollo". Además, dice, es una labor con que puede apoyar a la realización de otros. "Es una enorme satisfacción cuando ves los rostros de jóvenes atentos y deseosos de aprender".

Según describe, difícilmente se puede sustraer la Química de todas las áreas de la vida. "Está en todos lados", afirma, y detalla divertido: "Al levantarnos, nos aseamos con químicos (jabones, cremas). Luego desayunamos alimentos procesados químicamente (café, azúcar o edulcorante artificial, crema, pan). Limpiamos la casa, la ropa o el auto con detergentes, aromatizantes y limpiadores; o quizá tomamos medicinas. Las mujeres se maquillan con cosméticos; nos vestimos con ropa teñida o de fibras sintéticas. Ya en el trabajo, escribimos notas con pluma y papel, usamos adhesivos… y así sigue acompañándonos a todas horas y durante toda la vida".

Bromea: "Martha Magdalena Meneses Pérez ha sido la 'Química' que me ha acompañado durante toda la vida". Se refiere a su esposa, a quien conoció cuando ambos estudiaban la misma carrera. Ella también se desempeña como profesora en la escuela superior en donde ambos ejercen la docencia. Tienen cinco hijos: Martha Angélica, Filiberto, Hugo Abad, Héctor Andrés y Aidé Magdalena, ninguno de los cuales ha seguido la trayectoria de sus padres. "Yo creo que ya de Química tuvieron suficiente con nosotros dos", dice Vázquez Dávila.

Pero para él, esta ciencia todavía tiene mucho más que ofrecer. Por eso no deja de estudiar, de indagar, de inventar y de transmitirla a los demás. Es inherente a su persona. Es una vocación que ejerce y ejercerá toda la vida.

Una inventiva que deja huella

La vocación docente que Filiberto Vázquez Dávila ha desarrollado durante más de tres décadas ha sido combinada a la perfección con su otra vocación: la de inventor. Apenas terminada la maestría en el Tec, regresó a la Ciudad de México para hacer proyectos de investigación aplicada y desarrollo de tecnología, campo que le pareció atractivo. "Dedicarme al desarrollo tecnológico me vinculó directamente con la industria", anota.

Con Industrias Pinto, una empresa de pinturas, desarrolló derivados de resinas de pino -brea, entre otros- que, además de ser biodegradables, son fabricados a muy bajo costo. Para Vázquez, en esto radica la esencia del inventor. "La innovación trasciende cuando no se queda en papel dentro del archivero de un laboratorio, sino cuando tiene una aplicación práctica que redunda en un buen negocio". Reconoce que esto lo aprendió de su paso por el Instituto. "El Tec es de las pocas universidades que piensa que el desarrollo tecnológico prospera si es aprovechado por las empresas", dice. "Y si las empresas no van a ti, tú tienes que ir a tocarles la puerta".
Para la industria farmacéutica desarrolló un anticancerígeno de vías genitourinarias, a un costo 10 veces más bajo que el de importación. "Inhibe la reproducción de células cancerígenas y, de acuerdo con informes del laboratorio, ha probado su eficacia contra el cáncer de testículo".

El responsable de este desarrollo tecnológico en medicina agrega que todo trabajo inicia con una investigación. "Hago estudios de laboratorio, por ejemplo, de un colorante que puede ser aplicable en telas. Posteriormente, reviso qué tan costoso sería producirlo y si podría tener otras aplicaciones. Al revisar las materias primas que se necesitarían, tomo en cuenta el costo y que sean biodegradables. Si veo que no resultan redituables o son contaminantes, detengo la investigación e inicio otra. Si el producto es factible, respetuoso del medio ambiente, y veo que por el costo puede ser competitivo en el mercado, comienzo a revisar contratos, hacer convenios o registrar patentes", describe.

El invento de Vázquez Dávila que ha dejado una huella imborrable por sí mismo ha sido la tinta indeleble, usada en los procesos electorales de México desde 1994, y en Nicaragua y Honduras en el año 2000. Ello fue a partir de que, en 1993, el Instituto Federal Electoral hizo una convocatoria a nivel internacional para encontrar una tinta que marcara los dedos de los votantes de modo que impidiera que volvieran a sufragar.
"La idea era que fuera indeleble", dice Vázquez. Luego de varios estudios se vio que ninguna tinta lo era, pues se aplicaba de manera superficial sobre la piel. Fue entonces cuando Vázquez Dávila cambió el concepto de tinta y propuso un pigmento para la piel que realmente garantizaba su indelebilidad.

"Es una sustancia que se combina químicamente con las proteínas de la piel y hace que ésta quede pigmentada el tiempo que le tome a las células externas de la piel regenerarse hasta volver a adquirir el color normal". Aclara que la descamación normal de la piel por el paso del tiempo es la única forma como se puede borrar ese pigmento.

A raíz de este invento, actualmente el maestro dedica gran parte de su investigación a desarrollar todo un sistema de seguridad basado en pigmentos, pues se ha dado cuenta de que existe una amplia área de oportunidad para hacer que todos los documentos oficiales sean infalsificables. "En la mayoría de los casos, la originalidad de un documento radica en la forma, el diseño y la firma del funcionario, pero con el desarrollo tecnológico que propongo, la originalidad estaría garantizada desde la tinta que se utilice en ellos", detalla.

Precisamente por el trabajo de la tinta indeleble, en 1995 su inventor se hizo acreedor a un reconocimiento por parte de la Escuela Nacional de Ciencias Biológicas, y en 2001 recibió, de manos del presidente Vicente Fox, el Premio Nacional de Ciencia, en el área de Tecnología y Diseño, máximo galardón otorgado a la labor científica en México.

Y no es para menos. En su currículum como tecnólogo se incluyen muy diversos desarrollos, entre los que figuran resinas para la fabricación de tintas para offset, pegamentos para libros, pigmentos naturales de uso cosmético, pigmentos biodegradables de gran utilidad en artes gráficas, pinturas biodegradables, reveladores fotográficos…

Además, ya están en puerta unos jabones elaborados con una base de carbohidratos, principalmente azúcares, cuyo fin es usar la sacarosa no sólo como edulcorante, sino como reactivo químico que haga la función de limpiador.

Su capacidad de invención para generar desarrollo le ha valido múltiples premios y reconocimientos, que lo motivan a continuar en esta tarea a sus 59 años de edad. "Tengo muchos proyectos en puerta, con los que seguiré dando lata y ayudando a la sociedad a aprovechar mejor sus recursos", enfatiza.

El de Filiberto Vázquez, desafortunadamente, es un esfuerzo aislado. En opinión de este inventor, México carece de un programa sólido en ciencia aplicada. "¿Por qué en el país no existe la vocación para desarrollar tecnología propia?", cuestiona. Agrega que muchos empresarios compran tecnología en el extranjero que resulta obsoleta para sus procesos, porque desconocen que en las universidades existen proyectos que bien podrían ser desarrollos tecnológicos adecuados a su producto específico. "Aunque reconozco que también es labor del químico acercarse a la empresa para venderle la idea", aclara.

Vázquez Dávila también se ha acercado a instituciones que impulsan el desarrollo social. "Siempre busco desarrollar tecnología con recursos propios del país, tan rico en su naturaleza que no debemos conformarnos con la explotación de la materia prima, sino que tenemos que transformarla".

Con la Fundación Queretana para el Desarrollo Rural, asociación civil que trabaja con comunidades indígenas de la región, el maestro desarrolló el proceso agroindustrial para la fabricación de colorantes y pigmentos derivados del ácido carmínico, presente en la grana o cochinilla del nopal.

"Les hice ver que no sólo se conformaran con vender la grana como materia prima a otros, sino que le extrajeran el ácido carmínico y lo vendieran, ya transformado, a la industria de los cosméticos, que lo utiliza mucho para hacer rubores y lápices labiales, entre otros productos", enfatiza.

Al fin y al cabo, el inventor, profesor y químico con visión de negocio y de desarrollo sostenible está plenamente convencido de que hay que dejar huella en la ciencia, pero una huella que trascienda a la sociedad y que promueva el desarrollo… una huella indeleble como su tinta.



 

 

 

D.R © Instituto Tecnológico y de Estudios Superiores de Monterrey, México. 2006